“Señores pasajeros: estamos por iniciar el descenso al aeropuerto de Zhuliany de Kiev”.

Nada más concluir el aviso por el altavoz, el avión comercial procedente de Riga se inclina repentinamente y da un giro. A bordo de la aeronave hay un clima de normalidad; casi todos los asientos están ocupados y cada pasajero lleva su mascarilla. Durante la hora y media de vuelo muchos conversaron, otros aprovecharon para leer, unos más han dormido.

Una joven compartió sus planes de mudarse de Ucrania a Letonia junto a su novio; otro pasajero ojeó las últimas noticias; un niño, encaprichado con un juego prohibido, incluso lloró. Y cuando el avión alcanzó la pista de aterrizaje y se detuvo, todos se levantaron y comenzaron a descender de manera ordenada.

La escena sucedió el 21 de febrero de 2022 por la mañana, tres días antes de que este mundo dejara de existir, pero en ese momento nadie lo sabe.

La calma se altera cuando media tarde después llega el anuncio: el presidente ruso Vladimir Putin reconoce la independencia de Donetsk y Lugansk, las dos regiones del este ucraniano que parcialmente se encuentran en manos de rebeldes prorrusos desde 2014. La noticia precipita la situación; las cancillerías occidentales se inquietan.

Los corresponsales de guerra se alistan para viajar hacia Kiev, los voluntarios se afanan para reorganizarse, los analistas reescriben sus análisis, los más agudos aventuran un ataque de las tropas rusas a la zona este de Ucrania, donde hay combates desde hace ocho años. Casi todos están preocupados por lo que pueda ocurrir. Reina el desconcierto.

A las nueve de la noche del 23 de febrero en la Majdan Nezalézhnosti, la céntrica plaza de la Independencia de Kiev, un choque en cadena de varios automóviles en un cruce de la calle Jreshchátyk, congela a todos los que en ese momento se encuentran en el corazón de la capital de Ucrania, quedan paralizados.

El accidente provoca un estruendo que retumba en la plaza, es un siniestro presagio: a las cinco de la madrugada, bajo un cielo gris, el sonido aterrador de las sirenas antiaéreas irrumpe en el silencio matutino, alertando sobre el inicio de un conflicto bélico que la semana pasada cumplió seis meses.

Lo inimaginable se vuelve realidad. La invasión rusa se ha iniciado y afecta a toda Ucrania, incluida su capital; a poca distancia del aeropuerto de Kiev, el de Gostomel, está siendo atacado. Los analistas militares desgranan los hechos: según muchos, la estrategia rusa es tomar el control del cielo, destruir las defensas aéreas ucranianas.

Los vaticinios se confirman los días siguientes, cuando decenas de aeropuertos en todo el país sufren ataques. Todos los vuelos se suspenden, el transporte por excelencia en nuestra época para las grandes distancias desaparece en Ucrania.

Recuento de daños
De entonces a la fecha, la ONU ha contabilizado la muerte de más de 5 mil civiles en Ucrania, 3.5 millones de personas se han quedado sin casa y los destrozos a infraestructuras y viviendas ascienden a 750 mil millones de dólares. Según cálculos del gobierno ucraniano, eso costará la reconstrucción cuando el conflicto termine; se destinará a cubrir la magnitud de una destrucción que se acumula, día tras día, en todo el país.

Según la Escuela de Economía de Kiev, 105 mil 200 coches, 43 mil 700 máquinas agrícolas, 764 guarderías, mil 991 tiendas, 634 centros culturales y 114 mil 700 viviendas han sido dañados o destruidos. Y la Organización Mundial de la Salud ha documentado unos 400 ataques a hospitales y otras instalaciones clínicas.

Frente a tales resultados se pronostica un invierno durísimo, incluso para los pueblos situados en los alrededores de la capital ucraniana, Kiev, donde la partida de las fuerzas rusas en marzo dejó un panorama desolador. Algunas zonas fueron completamente arrasadas, los inmuebles, derruidos.

La ayuda internacional para la reconstrucción no llega tan rápido como el apoyo militar. Crecen las sospechas sobre la capacidad del gobierno ucraniano para administrar el dinero que recibiría. ¿La razón?: en 2021 se situaba en el puesto número 122 de los 188 países incluidos en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional.