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Muerte de investigadora en Rusia reaviva dudas sobre laboratorios antipeste

La muerte de Darya Shipilova, una investigadora rusa de 28 años, por una infección de origen desconocido mientras trabajaba en un laboratorio especializado en la peste, ha despertado inquietud internacional sobre las condiciones de seguridad en estas instalaciones.

El fallecimiento se conoció a principios de octubre y, aunque inicialmente se informó que la científica había contraído peste neumónica, las autoridades rusas descartaron posteriormente esa enfermedad como causa de muerte. Hasta el momento, no se ha identificado públicamente el patógeno que le provocó la neumonía.

El caso ha vuelto a poner bajo escrutinio al Instituto de Investigación Antipeste de Irkutsk, una instalación remota que forma parte de una extensa red científica heredada de la Unión Soviética. La falta de información pública sobre sus operaciones y las restricciones para que investigadores extranjeros visiten los laboratorios rusos mantienen las dudas sobre sus condiciones actuales.

El Sistema Antipeste: una red científica de la era soviética

La Unión Soviética creó el llamado Sistema Antipeste a principios del siglo XX para vigilar y combatir enfermedades endémicas, especialmente la peste, transmitida por la bacteria Yersinia pestis.

La red estaba integrada por cientos de estaciones de campo y laboratorios distribuidos por el territorio soviético. Miles de investigadores se encargaban de identificar nuevas cepas de la enfermedad, estudiar a los animales que podían transmitirla, controlar las poblaciones de roedores y desarrollar vacunas.

En sus primeras décadas, las condiciones de trabajo eran especialmente peligrosas. Los científicos recorrían zonas rurales a caballo, dormían en tiendas de campaña o en habitaciones alquiladas y buscaban eliminar los focos de infección. En ocasiones, estas tareas se realizaban sin desinfectantes eficaces ni equipo de protección adecuado.

Entre las décadas de 1920 y 1950, el sistema pasó de centrarse en la erradicación de la enfermedad a prevenir brotes. Se establecieron laboratorios en distintas ciudades y, con el desarrollo de antibióticos para tratar la peste, la red llegó a contar con miles de trabajadores permanentes y personal temporal dedicado a recolectar muestras.

Sin embargo, el sistema también estuvo relacionado indirectamente con los programas militares soviéticos de armas biológicas. De acuerdo con especialistas, algunas de sus instalaciones proporcionaron muestras de patógenos a laboratorios militares, aunque el instituto de Irkutsk no funcionó como una instalación militar.

Laboratorios rodeados de secretismo y problemas de seguridad

Durante la época soviética, la investigación antipeste permaneció bajo un estricto secreto. Los trabajadores recibían instrucciones de no hablar de manera específica sobre sus actividades para evitar que se relacionaran con los programas de armas biológicas.

Incluso los edificios estaban diseñados para parecer viviendas comunes. En algunas instalaciones, los trabajadores mantenían jardines y utilizaban ropa cotidiana dentro de los edificios. El verdadero propósito de los lugares se hacía evidente al ingresar a los laboratorios, donde se almacenaban muestras de patógenos y se utilizaban equipos de esterilización y microscopios.

La investigadora en biodefensa Sonia Ben Ouagrham-Gormley, de la Universidad George Mason, ha señalado que las condiciones de bioseguridad y protección biológica de estos centros eran muy distintas de las utilizadas en países occidentales.

En publicaciones dedicadas a la historia del sistema, antiguos investigadores describieron incidentes como incendios, brotes entre animales alojados en las instalaciones y pérdida de muestras de patógenos.

Aunque durante los últimos años de la Unión Soviética algunos laboratorios recibieron equipos más seguros, la falta de financiamiento dificultó la modernización de las instalaciones pequeñas y remotas. El instituto de Irkutsk fue uno de los centros que tuvo problemas para mantenerse al día.

Un antiguo director de la institución, Igor Valerianovich Domaradsky, escribió que el centro había quedado rezagado en la adquisición de tecnología y equipo, en comparación con otros institutos antipeste.

¿Qué tan seguros son estos centros en la actualidad?

Tras la disolución de la Unión Soviética, la mayoría de los laboratorios antipeste continuaron funcionando, aunque muchos conservaron durante años equipos y procedimientos antiguos.

A principios de la década de 2000, Ben Ouagrham-Gormley y otros investigadores visitaron más de 100 instalaciones soviéticas. En algunos centros encontraron registros de muestras realizados con papel y lápiz, refrigeradores que se abrían con frecuencia y escasas medidas de seguridad, tanto en el exterior como dentro de los edificios.

La especialista recordó haber encontrado cultivos de peste sobre una mesa situada debajo de una ventana abierta en un laboratorio sin aire acondicionado.

Posteriormente, varias instalaciones en antiguos Estados soviéticos fueron renovadas o reconstruidas con tecnología más moderna. Algunos centros incorporaron distintos niveles de contención, con equipos de protección personal completos y espacios sellados para manipular agentes infecciosos.

Rusia, en cambio, ha mantenido sus instalaciones del Sistema Antipeste cerradas a investigadores y funcionarios internacionales, por lo que resulta difícil determinar si han alcanzado un nivel de modernización similar al de otros países de la región.

Ben Ouagrham-Gormley consideró que los centros rusos probablemente no han avanzado tanto en infraestructura, aunque señaló que podrían haber conservado procedimientos de la época soviética destinados a prevenir accidentes.

Rusia niega fallas de bioseguridad en el caso de Shipilova

La información pública sobre el Instituto de Investigación Antipeste de Irkutsk es limitada. Tras la muerte de Shipilova, las autoridades rusas sostuvieron que el fallecimiento no estuvo relacionado con el incumplimiento de protocolos ni con fallas en las medidas de bioseguridad.

Sin embargo, la falta de una explicación definitiva sobre la infección que provocó su muerte mantiene la atención internacional sobre el caso.

El incidente también ha reavivado la desconfianza hacia la investigación biomédica rusa, vinculada históricamente con los programas soviéticos de armas biológicas y con el secretismo que rodeó parte de esas actividades.

Por ahora, la causa específica de la muerte de la investigadora sigue sin confirmarse públicamente, mientras persisten las interrogantes sobre las condiciones de seguridad de los laboratorios antipeste en Rusia.

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