Una escena cotidiana en muchas cocinas —fresas cubiertas por una pelusa gris— tiene detrás a un enemigo silencioso de la agricultura: el hongo Botrytis cinerea, capaz de afectar más de 200 especies de plantas y generar pérdidas económicas significativas.
Mario Alberto Serrano Ortega, investigador del Centro de Ciencias Genómicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, explicó que este patógeno prolifera especialmente en condiciones de alta humedad y causa daños severos, sobre todo en la etapa de poscosecha.
“Todos hemos visto a Botrytis cinerea en nuestros refrigeradores”, señaló el especialista.
Un problema difícil de controlar
Tradicionalmente, los agricultores han recurrido a dos estrategias principales:
- Limpieza constante de los cultivos
- Uso de fungicidas y agroquímicos
Sin embargo, ambas presentan limitaciones, además de posibles efectos negativos en el medio ambiente y la salud.
La apuesta: bacterias de anfibios
Ante este panorama, científicos del Centro de Ciencias Genómicas exploran una alternativa innovadora: utilizar bacterias presentes en la piel de anfibios como ranas y ajolotes.
Estas bacterias forman parte de la microbiota natural de los anfibios, que les ayuda a պաշտպանarse de patógenos.
“Entre las bacterias identificadas en ranas hay algunas capaces de sobrevivir en su superficie y atacar a otros hongos”, explicó Serrano Ortega.
En colaboración con investigadores de Argentina, el equipo identificó bacterias en ranas de Panamá que inhiben el crecimiento del hongo en laboratorio.
Resultados prometedores (pero iniciales)
Las pruebas realizadas han mostrado efectos alentadores:
- En laboratorio, las bacterias detienen el crecimiento del hongo
- En plantas, estimulan su desarrollo
- En cultivos de tomate, se observó un incremento de hasta 20% en crecimiento
Para estos ensayos se utilizó como modelo la planta Arabidopsis thaliana antes de aplicarlo en cultivos de interés agrícola.
Aún lejos del campo
A pesar de los avances, los investigadores advierten que estos resultados aún no pueden aplicarse directamente en la agricultura.
“No podemos liberar estas bacterias hasta tener la certeza de que no causen daño al medio ambiente, los seres humanos o a otros animales”.
Actualmente, el equipo también estudia microorganismos presentes en ajolotes, que podrían tener un potencial igual o mayor.
Biodiversidad: una clave científica
El proyecto también resalta la importancia de conservar ecosistemas y especies.
“Si perdemos a las ranas y las selvas, no sólo dañamos el ambiente, también perdemos la oportunidad de encontrar soluciones para la agricultura, la medicina y la salud”.
Los científicos continúan con estudios de bioseguridad y caracterización, con la esperanza de que en el futuro estas bacterias puedan convertirse en una alternativa sustentable frente a los fungicidas químicos.




