En el valle de San Quintín, uno de los enclaves exportadores más dinámicos del noroeste de México, se vive una “fiebre del oro” impulsada por el cultivo de berries —fresas, zarzamoras, frambuesas y arándanos—, productos de alto valor comercial destinados principalmente al mercado internacional.
Este modelo productivo se basa en la relación entre agricultores —grandes y pequeños— y comercializadoras estadunidenses, lo que impacta directamente en las condiciones laborales de miles de jornaleros.
Trabajo sin contrato y a destajo
La jornada comienza desde muy temprano. Los trabajadores abordan autobuses improvisados sin que nadie les pida datos personales. El acuerdo es simple: trabajar y cobrar al final del día.
En los campos, como el rancho Amezcua, se asignan tareas de pizca (cosecha) sin registros formales. A los nuevos se les identifica de manera improvisada, por ejemplo con etiquetas como “nueva, de lentes”.
El sistema de reclutamiento recae en figuras que cumplen múltiples funciones:
- chofer
- mayordomo
- capataz
- enganchador
Quienes demuestran rapidez pueden ser convocados para regresar al día siguiente.
Producción para grandes corporaciones
La empresa Driscoll’s es la principal comercializadora en la región. Se trata de una trasnacional que distribuye fruta producida en México, Estados Unidos, Europa y África a cadenas como Walmart, Costco y Tesco.
El modelo incluye:
- variedades de cultivo propias, desarrolladas genéticamente
- provisión de fertilizantes y empaques
- en algunos casos, infraestructura agrícola
En México, opera también en conjunto con BerryMex, filial de Reiter Affiliated Companies.
Una jornada exigente
La pizca inicia alrededor de las 7 de la mañana en invernaderos de gran extensión. El trabajo requiere precisión: las frutas deben desprenderse sin dañarse, lo que explica la alta participación de mujeres en esta labor.
- 57.1% de los pizcadores son mujeres
- muchas de ellas son indígenas
- 10.9% no saben leer
Las berries que no cumplen con estándares estéticos se destinan a productos procesados como jugos o mermeladas.
La consigna es clara:
La fruta que cae al suelo no se recoge.
Durante horas, los jornaleros trabajan sin descanso, cargando recipientes atados a la cintura y evitando movimientos bruscos para no caer.
Condiciones en el campo
El receso ocurre al mediodía y dura apenas 30 minutos. Los trabajadores comen en espacios comunes, muchas veces en silencio.
Algunas condiciones observadas:
- venta de bebidas a precios elevados
- acceso limitado a agua potable (aunque disponible)
- sanitarios en malas condiciones
- exposición prolongada al calor
El uso de ropa que cubre todo el cuerpo responde tanto a la protección contra insectos como a antecedentes de fumigaciones en los campos.
Control y pago por producción
La cosecha pasa por un sistema de control de calidad en el que se revisan los frutos recolectados. Cada trabajador debe llenar cajas con canastos de fruta, que posteriormente son contabilizadas.
El pago se realiza al final de la jornada, en efectivo, con base en la producción individual.
En uno de los casos relatados, un jornalero recibió 470 pesos por día, apenas por encima del salario mínimo en Baja California, fijado en 420 pesos diarios.
Vida fuera del surco
Al terminar la jornada, los trabajadores regresan en transporte improvisado. Muchos descienden en distintos puntos del camino.
Algunos viven en cuartos rentados de dimensiones reducidas. Es el caso de una pareja originaria de Oaxaca, con apenas dos meses en la región.
La rutina se repite día tras día, en un entorno donde el trabajo es intenso, la estabilidad es incierta y la movilidad depende de la productividad.
Al final, queda una pregunta en el aire, reflejo de esa dinámica:
“¿Vuelve mañana?”




